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Revisando a colección de recortes de prensa da época da República, sobre a que estamos realizando unha investigación, atopamos este escrito de Ramón María Aller Ulloa, o astrónomo de Lalín, do que mañá se conmemora o 125 aniversario do seu nacemento.

Co título “Ramón M. Aller y la última lluvia de estrellas”, apareceu no FARO DE VIGO, o 20 de outubro de 1933. Trátase dun artigo de divulgación da astronomía no que o sabio explica aos lectores do xornal o fenómeno da chuvia de estrelas que se puido observar o 9 de outubro daquel ano.

Como curiosidades, apuntar a mención que fai ás mozas de Lalín que o avisaron do acontecemento alarmadas pola loucura das estrelas. Tamén a dobre denominación do sol como astro rei ou astro presidente (xa que foi escrito na época republicana). E no remate, a referencia ás súas crenzas.

Ao tratarse dun dos poucos artigos de Ramón Aller escritos para o gran público, e como homenaxe á súa figura científica, traémolo hoxe de novo a estas páxinas.

Ramón M. Aller y la última lluvia de estrellas

El sabio astrónomo gallego escribe para FARO DE VIGO sus impresiones obtenidas en el observatorio de Lalín.

Ya podemos llamar “dracónidas” a las innumerables partículas que el 9 de este mes, al cerrar la noche, nos dieron gratis un magnífico espectáculo. Así como otras lluvias de estrellas errantes son más o menos probables en fechas determinadas, la última a todos ha cogido de sorpresa.
Yo, bien descuidado estaba, esperando que unos pares de estrellas “verdaderas” se acercasen al meridiano para continuar las mediciones que vengo realizando, cuando un nutrido grupo de señoritas me buscó para decirme que les daba miedo la locura de las estrellas. ¡Se movían por todas partes! Tengo que agradecerles el aviso y perdonen la poca cortesía, pues no me detuve a tranquilizarlas; el fenómeno no esperaba y había que proceder a observarle.
Miles, muchísimos miles, de estrellas errantes perecieron volatilizadas en nuestra atmósfera el 9 de este mes. Ya al anochecer se veían muchas, según me informaron después: entre 19 horas 30 minutos y 20 horas alcanzó un máximo; a las 20 horas y 15 minutos ya se notaba bien la disminución, y ésta fue lentamente progresando hasta que a las 21 horas 30 minutos ya se podían contar dos o tres estrellas errantes en un área de unos 90 grados cuadrados.
Lo primero era observar el punto del cielo del cual parecían irradiar. Tanto por las direcciones como por la amplitud de las trayectorias, en seguida se veía que el “radiante” se hallaba en el cuadrilátero formado por las estrellas “beta”, “gamano”, “xi” y “ni” de la constelación del Dragón, y de aquí el nombre de “dracónidas” con que serán designadas en lo sucesivo. Un examen más preciso dio como punto de radiación la vecindad de “xi” “Draconis”, a 56 grados de declinación y 17 horas 44 minutos de ascensión recta. Ya sabemos, por tanto, la dirección en qué venía el numeroso enjambre de corpúsculos.
En segundo lugar, es menester averiguar las velocidades de que estaban animadas. Para esto había que examinar la amplitud angular de las trayectorias en cada región del cielo y su duración. En general, esta duración era cercana a medio segundo, y las trayectorias tenían unos ocho o diez grados de amplitud en Perseo, Andromeda, Pegaso, el Aguila, Ofnico…. y parajes de análoga distancia angular al radiante. Resulta de esto que las velocidades andarían cerca de unos cincuenta kilómetros por segundo, ya que las estrellas errantes son visibles entre unos cien y doscientos kilómetros de altura sobre el suelo. Algunas estrellas errantes más luminosas dejaban ligera estela, sus trayectorias eran más largas y su duración vecina al segundo; algo así como proyectiles que en menos de un segundo recorriesen la distancia Lalín‑Santiago.
Cuando se hayan discutido las observaciones de diversos puntos, sabremos más seguramente las velocidades y conoceremos la órbita que describe esa multitud de partículas, de las cuales en nuestra atmósfera quedaron volatilizadas cuantas hemos visto, que no fueron pocas. Pero sin necesidad de cálculos complicados, suponiéndoles la velocidad de cincuenta kilómetros, y puesto que e1 fenómeno duró más de dos horas, bien podemos decir que el enjambre tenía de largo más de 2 x 60 x 60 x 50, es decir, más de 360000 kilómetros. Por otra parte, la Tierra al describir su órbita camina a razón de 80 kilómetros por segundo; y como cortó al enjambre no muy lejos de la normal, también podemos afirmar que éste tenía una anchura superior a 2 x 60 x 60 x 30, esto y más de 216000 kilómetros de ancho. Todas estas dimensiones son seguramente límites reducidos por defecto.
Y con estos sencillos cálculos va quedará satisfecho el respetable amigo que me pidió estas cuartillas; porque su intención es de vulgarizar conocimientos astronómicos, y si se fija la atención en lo apuntado, se verá: 1.° Que un conjunto de muchos millones de partículas en un espacio de cerca de medio millón de kilómetros a lo largo y a lo ancho, viaja por el espacio describiendo una órbita parabólica o elíptica de gran excentricidad en torno del Sol. 2.º Que ese conjunto el 9 de octubre cruzó la órbita de nuestro planeta en el preciso momento en que llegábamos al punto de cruce. 3.º Que esos corpúsculos, al pasar por nuestra atmósfera animados de gran velocidad, se pusieron incandescentes, recreándonos el vistoso efecto de sus variadas trayectorias en apariencia, aunque paralelas en realidad. 4.º Que aquí perecieron abrasados, dejándonos su masa en forma de polvo impalpable, con lo cual hemos adquirido un poco de materia que antes no había sobre la Tierra, pero tan poca en comparación de la de nuestro globo, que éste no ha crecido de masa en cantidad apreciable.
¡Cuántos de esos enjambres circularán en torno de nuestro sol sin que jamás los crucemos!… Desde Júpiter, el planeta gigante, hasta esas pequeñas partículas que forman las estrellas fugaces, hay en nuestro sistema cuerpos de todos tamaños. En otros términos, la familia del Sol es numerosa, abundante y variada; con todo, el astro rey (o presidente si rige en republicano) no pasa de ser una estrella medianeja que, metida en el centro de Antares por ejemplo, desaparece como un punto en el medio de la roja gigante, pues aun quedarían dentro de Alpha del Escorpión, Mercurio, Venus, La Tierra y Marte, y… las estrellas fugaces del día 9, si, al hacer el enchufe de nuestro sistema solar en Antares fuese dicho día.
Los cielos cuentan la gloria de Dios con lluvias de estrellas y sin ellas también.
RAMON M. ALLER.
FARO DE VIGO, 20-10-1933, p. 8

Manuel Igrexas


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